meditaciones sesgadas
 

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HERMANO OCÉANO
 
 

Un canto de amor quiero que brote de nuestros
pechos,
quiero que el mar acaricie nuestros cuerpos,
tersas carnes como orquídeas salvajes,
un mundo marino.
El mar, oh, el mar, yo me resisto a tanta
inmundicia
que rodea nuestros sueños,
soy el beso de un pez, el estallido de cuerpos
salinos:
olas, arenas, conchas de mar, seres minúsculos,
un cosmos enorme embistiendo con fervor
de vientos marinos:
peces, estrellas de mar, figuras aterciopeladas,
estoy vivo,
este canto que roza nuestra piel
es un canto de amor.
Quiero que levantes la cabeza
para que la espuma te santifique,
soy el hermano de barriga salobre,
estoy hecho de materiales marinos,
el espejo oculto en el mar
es un verso que reconstruye mi vida.
Algas, ostras azules, pulpos fabulosamente
carnales,
yo estoy contigo, tú estás rodeado por mis brazos,
esta tierra es mía,
quiero morir abrasado
por el fuego de tus aguas,
quiero que mis cenizas estallen
en todas las costas del continente.
Me canto a mí mismo
porque yo soy el mar;
el gran hermano océano.

Mírame, soy extensión,
mis pies, un mundo,
mi pecho, una gaviota herida.
Este canto es para ti,
hermano.

El mar, oh, el mar, yo no podría ser sino espuma,
déjame tocar la cresta de las aguas,
nada hay más espantoso
que saberse océano
en una tierra de sequedad.
El mar, oh, el mar,
estoy hecho a tu medida,
quiero regresar a los orígenes
y ser el mar,
sólo el mar...
 
 
 
 

 SOY PARTIDARIO DE CAMBIAR EL TIEMPO
 

Moriré ahorcado con dolor de madre
para adorar esta catástrofe
de pobres con la lengua apretada
de presentir
aquella demente manera de amarnos
sabiendo toda la peste de abrazar
con las piernas hasta la médula
y caer con mi amada esposa
vulnerando la sopa de huevos
con aquella insana mixtura
que tantas veces hube de aprehender de ti,
oh, Señor.

Sábeme un poco perturbada y ruego que ayer
hayas pateado este carromato
de bebidas alcohólicas.
Brindo por esta suerte de tragedia grecoafricana
dando resuelle a los hermanos de un mierda
continente
que padeció por Poncio Curicao Pilatos.

Toda paradoja invita a beber y provocarnos
angustia.
Y rememorar el día de evangelios
y rezar a Dios
por nuestras almas pecadoras.

Y cada pizca de amor
que admiras en mí,
amada esposa,
ábrasevisto rodando con las venas inflamadas
de trementina.

¡Vasta ya!
¡Acabemos y sonriamos!
 
 
 
 
 
 

 CAPARAZÓN DE CHANCHO ACOMODADO
 
 
 
 

El hombre fue parido, grité, ardí,
me pellizqué para conceder estas ganas
imperiosas de existir:
el horror giraba entre hormigas que invadían
cada fibra de nuestro cuerpo:
eran cientos de millones de cadáveres
que intentaban la revolución perpetua:
la guerra, se decían, la guerra es el pan nuestro,
el gran acontecimiento mundial.

Quisieron pulpos que contenían mil años
de evolución,
quisieron pulverizar la vulva sintomática
de una caracola,
el océano multiplicó sus cuerpos,
la tierra fue el manto que sumergió los sueños,
pude distinguir
entre ruinas
a un niño que lloraba la pérdida
de su marioneta de papel.
Escribí los versos postreros
que reconstruyeron su vida.

Ése náufrago, ése minúsculo combatiente,
habría las tumbas
de tarde en tarde.
Entonces vi cada sobrevivencia
que nos impedía soñar.

Eres culpable, sí, Señor,
culpable de arrogancia, de cinismo e indolencia.
Esperas, tan confortable,
tan deliciosamente consumidor,
el exterminio de nuestros sueños,
como aquel soldado qué disparó
y qué mató y qué degolló
y qué maldijo nuestra condición de perros.

Ése era yo,
ése que mutilaban
también era yo
porque en cada lágrima que derramaron
había algo de mí mismo.
Pude y estoy seguro
pudimos evitar tanto sufrimiento
pero permanecimos en casa,
calentitos,
engordando como chanchos,
seguros de una vida
que tendría un principio
y un espléndido final.

Ciertas historias acaban dulcemente.
¡Esta no!
 
 
 
 
 
 

 MEGAOVOIDE
 
 
 
 

Tengo las tetas, el oído, la cabeza,
el cerebro, las ganas, el todo,
el antes y el después,
cubierto, como diría Gonzalo,
cubierto de querosén, de goma sintética,
de hollín y de paradigmáticos mondadientes:
el ser o el  no ser, el estar o el no estar, 
el que dice nunca
o el que pregona el caos retroactivo,
el que destina cuarenta horas diarias
en bendecir el contorno de las gomas
sintéticas,
aquellas que, vanamente, intentas chupetear.

Quiubo, te digo, ¡el factor paleolítico
neolítico!,
¡edad del bronce!,
¡era nuclear!
Fue, como diría Bill Clinton,
un rico mote con huesillos
y el orgasmo que prevaricó la informática,
el tiempo sin fronteras,
la bujía toda poderosa
que aullaba de éxtasis y confusión.

¿Acaso no fue?
—¡Quién sabe!—
el chino sapiente que dijo:
“Nunca digas sí
cuando quieras decir no”.

Yo sé que todo o casi todo es posible.
Y que la palabra futuro es inabarcable.
Yo sé que Mónica Lewinsky
lo hizo
porque era adicta al pico de oro.
Yo sé que todo o casi todo es cierto.
Y que cada extraterrestre que nos visita
es parte fundamental
de la reforma educativa.
Lo dijo el santo televisor,
sí, Señor,
el grandioso megaovoide.

¡Cada lunático
en su puesto laboral!
Cada pústula de sexo oral
para pertenecernos
por los siglos de los siglos.

Qué no te reconozcan,
Señor,
que no te pasen chancho por liebre.
Qué nadie diga sí
cuando quiera decir no.
 
 
 
 
 
 
 

 EL PEREGRINO
 
 
 

Un cabello de mi barba puede extender
el mundo.
Me someto a fuerzas incontrolables.
Retengo este brote de angustia que adorna
mi rostro.
Mauricio Uribe somete su cuerpo
a laberintos.
Retozan los peces para que yo exista.

El peregrino desnuda su túnica.
Me acerco y beso sus pies.
Brotan yerbas silvestres
para que su cabeza aprisione mis labios.

Sendos clavos rasgan la piel.
Me observo en su iris
y comprendo el significado
de estas palabras.

Un cabello de su barba es el universo.
La paz duradera es el rostro del hermano.
Le hago pasar a mi habitación.

Estoy desnudo.
Mi casa es un libro de páginas fantasmales.
Me conmuevo porque su piel
es transparente.
Sus manos salpican follajes de antiguos
mundos.

Me sumerjo en su corazón
para saciar esta sed de tiempo.
Cristo desnuda su túnica
para que pueda contemplar el mundo.

Me estremezco
pues sólo veo
una casa de páginas fantasmales.
 
 
 
 
 
 
 

 EMBOTAMIENTO Y EXALTACIÓN DE LA VIDA 
 
 

El acto de amar es un inmenso santuario de locos
videntes:
el defecto paranoico que desolla el iris parido
en la mazorca de Pepito Gabriel:
el fantasmal claxon que provoca el pundonor
de Kosovo de Tokio de Singapur
de Malasia de Arkanzas de Iroshima de Kenzaburo
Oé…

El acto de amar, dije, es el deseo pos bomba
atómica,
el condenatorio crepúsculo de los perdedores,
la divina calentura del poeta,
su boca de leopardo,
sus manos tersas,
ciertos olores, ciertas arrugas,
cierta fricción de la carne.

El fin fue el milagro, lo poco de carisma,
el éxtasis de una botella de champán,
actos brutos de una cultura asesina,
el milagro de vivir
prepara misiles todopoderosos,
el fin, como dijo mi padre,
el fin es tuyo,
nunca nuestro,
el conector estalla
irremisiblemente:
estalla
escupiendo pétalos
avegrises.

El catequista pudo amar para padecer el fuego
que mutiló los ojos a María:
el arcángel succiona la mierda
para que el FIN haga bum
cuesta abajo
inmisericorde.

Fue un acto sexópata.
Asqueante por naturaleza.
Fueron mil horas de matanzas aerostáticas:
¡Matemática pura!
¡Balística premeditada!
Colmenas de ordenadores consagrando
el quinto elemento
que John Matagorilas
reconstruye
despiadadamente.

Yo te pregunto, oh, Yukio Mishima,
¿qué heredero legítimo de Dostoievki
fue tan cruel o inhumano
como para beber el estrógeno
que parió Henry Miller
entre hojalatas de cartón
y las sonrisas del titiritero?

Henry James, me contradije,
un poco cansado,
prematuro de genio,
oblicuo y conspicuo.

Fue el caos de la emoción
que nunca rompió la carne.

Aquel hecho fortuito,
aquel diapasón patético,
hizo estallar el quásar cilíndrico;
y la guerra fue, bacteriológica,
tribu contra tribu,
padre contra hijo,
madre contra pueblo.

¡Quítanos, entonces,
el jolgorio mutilador!
¡Quítanos
la esperanza
pervertida!
Ardiendo infinitamente
como el amante más cauto.
Muriente; o deudos.
Todos metidos hasta el cuello
como el gusano que devora (la raíz)
y fragmenta
mordedura a mordedura
el quinto elemento
que John Lucas preconiza
más allá de X.

Muerte, para la raza humana,
a puro pan el cóctel de propaganda
y contra ofertas.

Por error
desatendimos la nube tóxica
y nos suicidamos en patota.
Aparentando el desierto del sur del mundo
un motor somático.

Reconcentrados entonces
con tanta pelotera
decidimos dar la lucha
y convertir el desierto de Atacama
en un gran cementerio radioactivo.

Sí, Señor.
¡Ateo fui!
¡Creyente soy!

El acto infinito
duró un par de microsegundos
hasta que vino un silencio
con rugidos de campana.
 
 
 
 
 
 
 

 AUTORRETRATO
 
 
 
 

Tengo 31 años y he buscado adormecerme
pero las esperanzas y los sueños
han calado profundamente en mí,
los sueños son los que, comúnmente,
olvido más rápido:
los hijos crecen como la mala hierba
los tiempos modernos
son verdaderas selvas informáticas.
¡Estamos absolutamente locos!
¡Buscando el éxito rápido!

Tengo 31 años y estoy consumiendo mi vida.
Los ascensores y las transformaciones culturales
han llenado mi alma de hastío
los diez años que demoré en divisar
el ornitorrinco
fue un acto suicida
de escasa divulgación social.

Tengo 31 años y varias frustraciones a cuesta.
No hay guerras en mi patria
tampoco sufro hambruna
tengo un trabajo honroso
vivo en mi propia casa
con una buena esposa y una adorable hija.
¿Qué signos son entonces
los que me atormentan?
¿La nada?
¿La insoportable levedad del ser?

Tengo 31 años y un deseo indisoluto.
Santiago de Chile, ¡ciudad de vándalos!,
¡ciudad de trabajólicos!
Las preguntas trascendentales
son estúpidas elucubraciones
de una mente descarriada.
Cada uno de nuestros héroes
palidece nuestra condición humana.
El día de hoy es el gran mañana pulverizándose.

Tengo 31 años y un deseo inconcluso.
Ni los aeroplanos ni las musas televisivas
ni el amor ni la gesta americana
seducen mi mente.
¿Qué me queda entonces?
¿Una insana sensación de bulimia?
¿La ignorancia o la apelación a la carnalidad?
¿El metafísico pundonor de la melancolía
o la dura realidad del científico?

Ésta es la vida, sin embargo,
tan imperfecta, como uno mismo.
 EPOPEYA DEL BUEN MARIDO
 
 

Te escribo desde Mierdolandia:
un bello país para turistear.
Todo acto de escritura
es el eco de tu iris que tanto me gusta.
Te escribo desde mi propio mundo:
un bello país para turistear.

Me gustan tus palabras
y el brillo angelical de tu voz:
el profundo bosque
donde soy un eucalipto bramando
amor carnal.

Tú ya me conoces:
un cuerpo abusivo y una mente analítica.

Sé que te gustará formar parte
de mi vida:
de mi sabor estético:
de mi manera de amar.

Te escribo desde Mierdolandia:
un bello país para turistear.
Tengo preocupaciones…
El tiempo es una de ellas.
La muerte por definición me indigesta.

Qué gusto me daría
desnudarte
y encontrar tu carne
tal cual es;
con el exquisito paso del tiempo.

Tal vez tengas compasión de tu marido
y me busques
mientras escribes de madrugada.

¡Un poco de audacia nos falta
para que todo esto sea verdadero!
 
 
 
 
 
 

 CARISMA PARA UN HOMBRE LIBRE
 
 
 
 

Me queman las angustias, me quema el fuego,
este dolor es alma nuestra, dolor nuestro,
sed infinita de cuerpos sudorosos, vigor de vigilia.
Me arrodillo, entonces,
para escarbar las huellas
de un mañana apocalíptico,
el pan nuestro
es la sed de la hora declinante,
la sed del hombre,
el espécimen magnífico
que bufa, condenándonos,
gritad como cerdos,
gritad el nombre nuestro,
somos el asco
de los que odian la muerte:
penetremos el misterio entonces.

¿Hombre o bestia? ¿Agricultor o parásito?
El fervor de los huesos persiste horrendamente.
Agonizantes o mordidos de nostalgia.
Cubiertos de fango.
Agrestes.
Ricos o ruiseñor.
Esta muerte es nuestra muerte.
Mirad mis manos.
Tocad mis heridas.
Este cuerpo porfía por existir.

El más fuerte
sucumbe a las cadenas.
Vigor de la mente humana.
Vigor infinito.

Morimos hacia dentro.
Morimos estúpidamente.
Consumiéndonos como babosas estériles.

Ya no tengo respuestas,
ni siquiera preguntas.
El poeta humano implora
la salvación del mundo…

¡Por obra y gracia del espíritu santo!
estoy impedido de ser.
¡Por obra y gracia del espíritu santo!
la desdicha se cierne
sobre nuestras cabezas.

¿Por qué envilecernos y prostituirnos
por unos cuantos centavos?
Tan abstracta es nuestra vida,
como abstracto, el infierno.
Aúllo de tristeza entonces.
La tristeza clásica del demente.

No pido más que unas cuantas caricias
para mis dolores humanos.
¿Qué más puedo pedir?
No tengo respuestas.
Sólo quejidos y voces nocturnas.
Otra circunstancia es la vida del santo.
¡La del poeta célebre!
Yo apenas vivo ¡tu vida!
La del hombre común y corriente.
Nada de lirismos ni de posturas intelectuales.
Los cisnes han muerto.
La fría razón pedagógica
los degolló.
 
 
 
 
 
 
 

 SALMOS
 
 
 
 

Esta sangre es la sangre del hombre,
comed de mi cuerpo,
yo soy el pretexto de los desposeídos,
comed de mis manos,
cumplid las viejas escrituras.
Tú y yo somos parábola.
Un río de sangre
es una ortiga que clavas en tus mejillas.
La cruz es sangrante.
Todos los hombres han muerto en la cruz.

Yo doy mi carne
para que tú bebas de mi carne.
Tócame, explora mis esencias humanas,
aprieta las mandíbulas y bésame.
Estas uvas florecen en mi costado sangrante.
Yo soy la hembra porque tú eres el macho.
A veces también soy riachuelo y raíces.
¡Cambiemos la vida!
¡Nuestros ojos están enfermos!
Apuesto mi alma
para que tú ganes
un sin fin de preguntas
inciertas.

¿Qué es Dios
sino silencio?
¿Qué es vida
sino la muerte?
¡No hay respuestas!
A veces también soy abismo.

Si quieres, bésame,
soy un campo de amapolas salvajes.
Esta es la cruz.
Este es mi propio sexo.
 
 
 
 
 
 
 

> From: Mauricio Uribe <mauriciouribe@ctcreuna.cl>
To: miguel <salvaje@poesiasalvaje.com>
Date: miércoles, 12 junio 2002 19:41
Subject: RE: [lista_salvaje] 2 notas

Aquí te envío unos poemitas
de un libro mío titulado:
Meditaciones de un Poeta Tercermundista.


 
 

de mauricio uribe

a 30 de Junio 02
 
 
 
 
 
 
 

 
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